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miércoles, 2 de junio de 2010

EL FUEGO NO SE APAGA

“Porque esto me será como las aguas de Noaj; que juré que nunca más las aguas de Noaj pasarían sobre la tierra” (Isaias 54, 9)

Preguntan los Sabios: ¿Si Noaj era un Tzadik, que tuvo el mérito de salvarse de las aguas del diluvio, porque el profeta adosa su nombre a dichas aguas devastadoras?

Explican los Sabios que las aguas turbulentas del diluvio tuvieron el fin de purificar la creación.

Las aguas devastadoras no solo que no pudieron con Noaj, sino que ayudaron a que se eleve más, ya que cuanto más subían las aguas, mas su arca se elevaba.

El Rebe dice que hay un error generalizado en la gente, que piensa que en el momento de la plegaria uno se tiene que desentender de todo lo mundano, dedicándose solo a pensar cosas sagradas.

Por el contrario, en el rezo se debe integrar las cosas de la vida de la persona, incluso las cosas que aquejan, sabiendo que todo se soluciona con fe.

El alma como se encontraba en lo alto, antes de descender al cuerpo, goza de fe, pero al bajar al mundo, El Eterno pretende que su fe sea mayor, de modo que todas las aguas aniquiladoras, no apaguen el fuego natural del alma.

Por eso las aguas de Noaj llevan su nombre, ya que justamente las aguas ayudaron a que su fuego se acreciente.

Las preocupaciones por la manutención deben dar como resultado un mayor apego por la divinidad.

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